Cuando lanzamos la primera versión de nuestra puntuación de riesgo a siete días, hace dos años, era un único número entre cero y cien. El modelo era bueno. La acogida del cuerpo médico no lo fue.
La objeción no era que la puntuación estuviera equivocada. La objeción era que nadie podía rebatirla. Un fisioterapeuta jefe que lleva quince años leyendo cuerpos no puede —ni debe— someterse a un número de procedencia opaca.
Reconstruimos la interfaz en torno a dos principios. Primero: cada puntuación llega acompañada de sus tres factores contributivos más relevantes, en lenguaje claro y con sus series temporales subyacentes visibles al pasar el cursor. Segundo: cada puntuación llega con el análogo histórico más próximo de la trayectoria del mismo jugador, cuando existe. El enfoque pasa de la predicción a la comparación: esto se parece a aquella semana de octubre, cuando hicimos lo siguiente.
El modelo en sí cambió poco. La relación con él sí cambió. El personal dejó de discutir con el número y empezó a discutir con la evidencia, que es, al fin, lo que buscábamos.